Opinión

Por qué a veces les miento a mis hijos (y por qué otras veces les digo la verdad)

Huevos de Pascua

Huevos de Pascua

 

Hace unos días, conversando con otras mamás acerca de la Semana Santa que se viene pronto, salió el tema del Conejito de Pascua (así, con mayúscula, porque no es cualquier conejito). Y me llamó la atención que varias de ellas habían decidido no incorporar al Conejito a la vida de sus familias, no para evitar darles huevitos de chocolate a sus hijos, sino porque consideraban que hablarles a los niños acerca del Conejito de Pascua era, lisa y llanamente, mentirles.

Yo sé que el Conejito no existe. De hecho, yo soy el Conejito. Todos somos el Conejito (alguien que mande a hacer poleras con ese hashtag y le aseguro el éxito). Y pretender que el Conejito existe es, estrictamente hablando, una mentira. Siguiendo esa línea, hablarles a mis hijos del Viejito Pascuero y el Ratón de los Dientes (también con mayúscula porque no es una laucha cualquiera) ya sería escalar al nivel de mentirosa patológica.

(Aprovecho de aclarar que yo no soy creyente, así que todo el contexto religioso de este tipo de celebración me lo salto.)

Algunas de las mamás del grupo hablaban con pasión acerca del tema: que los niños merecen la verdad, que al descubrir que les has estado mintiendo podrían traumarse, y que por respeto a nuestros hijos deberíamos cortar la cuestión de raíz y hablarles con franqueza.

Yo respeto a mis hijos. Y también trato de no subestimar su inteligencia. Por eso sé que no los voy a ver graduarse del colegio creyendo en una serie de personajes mitológicos que en realidad son el papá y la mamá escondiendo huevos en la noche, escarbando bajo sus almohadas en una pieza oscura, buscando a tientas un diminuto diente y reemplazándolo por una moneda, y haciendo malabares por tratar mantener durante dos semanas una bicicleta escondida adentro de un clóset. Tarde o temprano, mis hijos van a cuestionarse la improbabilidad de estas situaciones y la verdad saldrá a la luz.

Pero mis niños todavía son chicos. Dinoniño tiene 5 años y la Inspectora aún no cumple los 3, y la posibilidad de que existan personajes mágicos la aceptan no solo sin cuestionamientos, sino también con fascinación. Y en nuestra familia hemos aprovechado estos personajes para crear tradiciones que espero que atesoren por el resto de sus vidas.

El Conejito, por ejemplo, además de traer huevitos de chocolate organiza una búsqueda del tesoro que a estas alturas ya es épica (humildemente, ah). Cuando los niños despiertan, encuentran cerca de sus camas una tarjeta con una pista que los llevará a algún lugar de la casa, donde habrá un par de mini huevitos y una segunda pista para ir a otro lugar. Ahí habrá más mini huevitos y una nueva pista. Así, se pasan la mañana descifrando las pistas en pijama y buscando por toda la casa hasta que llegan al verdadero botín, que no es más que un huevo de chocolate un poco más grande. Y para mí es realmente exquisito compartir esos momentos con ellos.

El año pasado, la primera pista que dejó el Conejo los llevó a buscar en “un lugar oscuro y abrigadito, lleno de ropa gruesa” (el cajón de los chalecos). La pista que había ahí los invitaba a “un lugar mucho más frío y lleno de cosas ricas” (el refrigerador), y la tercera a “un aparato grande, negro y rectangular que cuelga de la pared” (detrás de la tele). Nos preocupamos de hacer pistas entretenidas y acordes a su edad, para que no se frustren en la búsqueda. El primer año que hicimos la búsqueda del tesoro la pista era una sola, y en ella el Conejito invitaba a Dinoniño, que por ese entonces tenía un poco más de 2 años, a un lugar grande con forma de círculo que estaba en el patio (la cama elástica).

Con el paso de los años, pretendo mantener la búsqueda, solo que ya no habrá dudas sobre quién es el que deja las pistas por toda la casa. La magia no tiene por qué perderse y la tradición familiar va a seguir intacta. Creo que en este caso el Conejito pasa a un segundo plano, y si bien por ahora la “mentira” sigue ahí, no me parece dañina y excesiva ni prejudicial.

(Y ya que estamos, tampoco me parece dañino que los niños coman chocolate de vez en cuando, especialmente si se trata de una situación especial. Soy bastante cuidadosa con su alimentación a lo largo del año, lo que me da espacio para permitirles gustos como este sin remordimientos.)

Así que les miento a mis hijos para que exista algo de magia en sus vidas. Los dejo creer en algo que los llena de ilusión y que es un poco inexplicable y misterioso, y que de todos modos va a durar poco tiempo. Me parece lindo, me parece inofensivo, y pienso seguir haciéndolo.

Pero hay otras situaciones en las que siempre les digo la verdad. Son situaciones en las que la magia y la ilusión no tienen cabida, no se justifican y sí podrían ser perjudiciales, y en que la verdad, en mi opinión, es necesaria aunque sea incómoda o difícil de explicar. Se trata de asuntos concretos como las diferencias anatómicas entre niños y niñas, el nombre de las partes íntimas y la manera en que se hacen y nacen las guaguas; de situaciones cotidianas como por qué tienen que comerse toda la comida (que no involucran al viejo del saco) o dormirse temprano (donde no participa ningún tipo de monstruo); y de asuntos más delicados como cuando alguien muere (porque no se queda dormido ni se va de viaje). Más adelante, habrá otros temas de similar calibre sobre los que mis hijos probablemente tengan dudas, y espero que puedan acudir a mí para conversar porque sabrán que les voy a hablar con naturalidad y honestidad.

Al final, creo que todos tenemos nuestro propio criterio y nuestros propios parámetros a la hora de decidir qué les decimos a nuestros hijos. Y me parece que más allá de qué decimos, qué ocultamos, qué omitimos y qué dejamos pasar, lo importante es hacerlo de manera consciente. Que nos detengamos un momento a pensar por qué decimos lo que decimos y qué impacto va a tener en los niños, y tal vez nos demos cuenta de que hay otra manera de hacerlo o, al contrario, confirmemos que lo que hemos hecho hasta hora es lo que realmente queremos. Y así seguimos contribuyendo a que vivan una infancia sana y feliz, como debe ser.

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8 thoughts on “Por qué a veces les miento a mis hijos (y por qué otras veces les digo la verdad)

  1. Me encantó! Te encuentro toda la razón. Y cómo este año mi hijo mayor ya tiene 2 años y medio, me tinca mucho hacer una búsqueda del tesoro como la que describes.

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